jueves, 2 de septiembre de 2010

Cómics que me gustan: En busca del unicornio

Título: En busca del unicornio
Guión: Emilio Ruiz, sobre una novela de Juan Eslava Galán del mismo título.
Dibujos: Ana Miralles.
Editorial: Glénat, 1997-1999.
Encuadernación: 3 vols, en rústica, de 48 pag. cada uno.

Los paraísos perdidos
Esta serie vino a mis manos en  una época que podríamos llamar de transición en mi vida: llegaba a su fin mi período de formación académica que inicié a los 5 años en "Parvulitos" (que luego seguí con las desparecidas EGB, BUP y COU, a lo que se uniría mi etapa universitaria de primer y segundo ciclo, unas fases formativas que ya sólo existen en la historia hoy día y en mi curriculum vitae), y daba mis primeros pasos en un mundo laboral, que ahora mismo, parece tambalearse bajo mis pies (¿en qué acabará esto?...). Imagino que me interesé por este cómic porque hubo una época en la que decir "Publicado por Glénat" era sinónimo de calidad. Este punto, al igual que los anteriores, también ha pasado, desgraciadamente, a la historia.

Recuerdo que el último de los tres volúmenes lo compré en un caluroso mes de julio de 2000 apenas dos días antes de abandonar una beca en Granada para incorporarme al trabajo que hoy día disfruto, fue el último cómic que compré en mi anterior vida pre-laboral (sé el dato del día de la compra por la información que pongo en el Ex-Libris y del que hablaré en otra ocasión). Además, lo compré en una tienda que ya no existe, la librería "Flash" especializada en cómics, que se situaba en la Plaza de la Trinidad, en pleno centro histórico de la capital granadina, en un entorno de gran belleza cerca de la catedral. Para mí, decir "Librería Flash" es hablar del "Sancta Santorum" aplicado al mundo comiquero. El lugar más sagrado y que guarda el gran misterio. Allí nació mi pasión, o más bien, resucitó (por seguir con los símiles religiosos). "Flash" tenía dos locales en Granada, de los cuales sólo queda, hoy día, uno. Uno de ellos es el que he comentado al lado de la Catedral. El otro, estaba situado tambien en el centro (yo creo que casi toda Granada es centro) al final de la estrecha calle San Antón, en unas tiendas ubicadas en unos soportales, que como tales, eran oscuros; como oscura era la tienda, claro. Porque los lugares sagrados siempre son oscuros y llenos de recovecos para hacerlo todo más misterioso; y de no fácil localización, que tampoco se van a poner las cosas fáciles. Esta tienda de la calle San Antón fue la primera noticia que tuve yo en la vida de que existían cosas parecidas a librerías especializadas donde se vendían única y exclusivamente cómics. Verla fue para mí algo parecido a la Anunciación a María: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo". Y de repente supe que tenía una misión que cumplir en vida.


"No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin". El texto es de la Biblia, Lucas, 30-33 y la foto del Google Street View. Me encanta mezclar tradición y modernidad, leche.


Si la tienda de la Plaza de la Trinidad es el Sancta Santorum, la situada en los soportales de la calle San Antón es como el portal de Belén donde nació Jesus: el origen de toda una leyenda que vino despúes. No recuerdo exactamente cuando la ví por primera vez. Creo que fue una tarde cuando, acompañado de otros dos compañeros de piso, fuimos a la casa del familiar de uno de ellos (casa que estaba al lado del local de la tienda, el portal que está más a la izquierda de la foto) a buscar un sofá viejo, sofá al que faltaba el asiento, pero eso nos daba igual; ya que en la vida de cualquier estudiante sin posibles, siempre ha habido una época en la que el estado de un mueble no es obstáculo para recogerlo y llevarlo a casa. Total, si con un cacho de gomaespuma cualquiera ya se solucionaba el asunto del asiento, ¿no? Lo que si recuerdo es entrar a la tienda a ver lo que había y preguntar por cómics de Moebius, que molaba mucho el nombre y estaba de moda. Cada vez que entraba allí seguía el mismo ritual: como no tenía ni puta idea de por donde empezar, siempre preguntaba lo mismo "¿Tenéis cómics de Moebius?". El dependiente, que luego abrió otra tienda especializada en cómics para hacerle la competencia a su jefe, me indicaba una balda. Yo me iba directo a ella, cogia el primer cómic que tenía más a mano, lo ojeaba como si pareciera que supiera lo que hacía y al ver el precio me asustaba y lo volvía a dejar en el mismo sitio. Porque ojo, los cómics nunca han sido baratos, y mucho menos para un estudiante fuera de su casa. Un día me animé a comprar dos cómics que me trasportaban a mi etapa de lectura comiquera de la infancia en el colegio: "El caballo de hierro" y "El hombre del puño de acero", de la colección de "El teniente Blueberry" y resulta que ninguno de los dos estaban dibujados por Moebius (o eso creía yo) sino por un tio que se llamaba "Giraud" y que, mira tú por donde, un poco después descubrí que era el Alter Ego de Moebius (o viceversa). Después vinieron los dos primeros cómics de Tintín que compraba ("El secreto del Unicornio" y "El tesoro de Rackham el Rojo") y poco a poco, mi colección iba tomando forma.

En cuanto a la librería de la Plaza de la Trinidad, también tiene su historia. Imagino que la conocí tiempo después, pero no recuerdo cuándo. El caso es que durante mi última étapa de formación universitaria inútil en la capital Granadina, sustituyó casi por completo a la otra tienda en cuanto al suministro comiqueril. Me pillaba cerca de la casa de mi churri (que con el tiempo se convertiría en mi Señora) y entre que voy y vengo, que entro y que salgo, pasaba por su puerta, o más bien por su escaparate, y me informaba de cuáles eran las últimas novedades editoriales. Luego, metía la mano en el bosillo, veía el dinero que me quedaba, y según miraba lo que había expuesto me iba por donde había venido porque no tenía un duro para comprar lo que quería. En aquella época donde no había internet (o por lo menos no era fácil encontrar sitios donde conectarse) y yo no compraba ningún tipo de publicación periódica sobre cómics (en un tiempo donde aún existían revistas de cómic) era mi único medio de información sobre el mundo de los tebeos. Siempre que pasaba por delante de aquella tienda, y fueron cientos de veces, me paraba a mirar en su expositor, fuera la hora que fuera, de día o de noche, hiciera sol o lloviera. Acto seguido me comía con patatas el deseo de comprar cualquier cosa.


Ninguno de esos soy yo, pero básicamente son las mismas sensaciones

La tienda hacía esquina, y el expositor de los cómics se encontraba por la parte menos noble de la plaza: un pequeño callejón, terminado en escalera, que iba a desembocar en otra pequeña plaza aledaña a la catedral, donde en aquellos tiempos míos universitarios había una tienda dedicada por completo a las especias, que perfumaba sus alrededores con aquella mezcla de olores tan característica, pues las mercancias se exponian al aire libre en pequeños sacos repletos de toda clase de hierbas y preparados, válidos tanto para la cocina como para sanar casi todo tipo de mal o dolencia. Y es que Granada es mucha Granada, ojo. Por otra parte, y si había habido suerte la noche anterior, a la mañana siguiente, camino de la Facultad para coger el abarrotadísimo "Numero 8" (joder, que en el transporte de ganado se viajaba mejor que en los autobuses que subían al Campus Universitario de Cartuja de la UGR) y aún muy temprano, muy temprano, mientras regaban las calles al salir el sol, también me paraba a mirar lo que había, como si por la noche un duende mágico hubiera puesto cómics nuevos después de que se cerrara la tienda y yo pasara por allí la noche anterior, apenas unas horas antes. Era casi un ritual.


El callejón. Al fondo la Plaza de la Trinidad. A la derecha, el escaparate, aunque no se distingue si en él hay libros o bolsos.

Como he dicho antes, la tienda de cómics de la Plaza de la Trinidad ya no existe.

En un viaje reciente, y paseando por las calles que en su día me eran muy familiares, y que ahora ya no conozco, y ni son las mismas, a pesar de que el entorno parece sí serlo, descubrí que lo que antes era un local para mí indispensable, se había convertido en una impersonal y rutinaria tienda de bolsos de una franquicia. ¡Qué tremenda desilusión sentí al ver aquéllo! ¿Pero cómo había permitido aquella salvajada el alcalde? Y es que en 14 años muchas cosas cambian, claro. Y no digamos nada una ciudad que está viva y se transforma. De repente una parte de mí ya sólo existía en mi memoria y eran sólo recuerdos; lo que en otros tiempos formó parte casi indisoluble de mi vida, ya no existía. Algo parecido le ocurrió al protagonista de este cómic, Juan de Olid cuando, despues de cumplir lealmente una misión (un capricho de un rey, en realidad) que duró veintitantos años, vuelve al mundo al que pertenecía, para descubrir que ya no es el mismo (ni él mismo, ni su mundo), que todo lo que conocía ha desaparecido y que ya nadie le espera.


La única foto que he logrado encontrar por ahí con una imagen de la Librería Flash de la Plaza de la Trinidad. A la izquierda puede verse, mínimamente, el cartel. También ha desaparecido la cafetería que había enfrente, por donde pasa el tipo ese con una mochila. Seguro que el camarero se hartó de verme parado delante del escaparate día tras día

¿Por qué me gusta?
"A finales del siglo XV, una expedición castellana parte hacia "el país de los negros" por orden del rey Enrique IV, conocido como "el impotente", con el secreto objetivo de encontrar un cuerno de unicornio que se suponía aumentaba la virilidad.
Comandada por Juan de Olid y formada por cuarenta ballesteros, un mayordomo, un fraile y su ayudante, un experto en lenguas, un físico "de las llagas" y una doncella virgen con sus criadas, la expedición parte de Sevilla en 1471 con un destino desconocido en el corazón de África.
La aventura se prolongará mucho más allá de lo previsto, y, lo que es peor, el unicornio no aparece por ninguna parte.
Horizonte tras horizonte buscan sin cesar un espejismo. Abriendo camino, a fuerza de brazos, descubren extrañas culturas.
El tiempo va diluyendo los rostros en la memoria. El amor abrasa en los pechos de los soldados, el deber enfría sus más turbios deseos..."

Uso el texto de promoción que lleva el tercer volumen en su contraportada para que os hagáis una idea de qué va. Ya que en su día  los de la editorial se molestaron en hacer un resumen de la historia, qué mejor que aprovecharse de la idea. En realidad este cómic (hablo de él de una forma unitaria, pero recuerdo que son 3 volúmenes), no destaca en nada en especial (excepto por la fuerza de la historia que cuenta), aunque he de reconocer que está hecho con buen oficio y mejor gusto y que, como cualquier adaptación inter-medio, siempre hay carencias y debilidades, quedándose detalles y sutilezas por el camino. Y es que en cualquier adaptación, se produce lo que algunos expertos llaman "transfert narrativo" pues siempre hay una "migración de motivos narrativos" que afecta de forma rotunda a la obra. Y éste no iba a ser una excepción, ya que el cómic está basado en el libro del mismo título escrito por Juan Eslava Galán y que ganó el famosísimo Premio Planeta en 1987. El título de cada uno de los 3 volúmenes del cómic, publicado entre 1997 y 1999 son:

- La herida y el bálsamo.
- Los herreros blancos.
- Finis Africae.

Son de la época en la que las transacciones comerciales se realizaban en pesetas y hoy día están completamente descatalogados y es imposible encontrarlos a no ser que se recurra al mercado de segunda mano. Algún día hablaré un poco de mi experiencia en estos casos, porque la compra de cómics tiene también sus pequeños secretos.

Bien, vamos por partes y vamos a hablar del cómic, que ya va tocando.

El dibujo está a cargo de una inspirada y casi primeriza Ana Miralles, que aún guarda ciertas influencias del dibujante italiano Milo Manara (sobre todo la portada del volumen 1). Es un dibujo de estilo realista aunque sin entrar en detalles, usando la linea clara y elegante para el contorno de las figuras y dándoles color (quizá la paleta de colores escogida no sea la más adecuada) mediante el uso del pincel con las acuarelas. Para mí resulta una combinación muy atractiva, aunque no sé hasta que punto es un tipo de dibujo apropiado para la historia, pero bueno, el caso es que más o menos cumple su función a la perfección. Y como suelo tener especial querencia por cómics de tipo histórico que representen de forma más o menos documentada la arquitectura, costumbres y en general el entorno en que se desarrolla la historia, pues creo que en eso la autora cumple con creces.

En cuanto al guión, pues lo ya comentado. Tiene ciertas carencias propias de adaptar una novela en toda su extensión a un cómic de únicamente 3 volúmenes de 48 páginas cada uno. Tengo la impresión de que la idea inicial de los autores era desarrollar la historia en 5 o más, pero que por motivos editoriales (imagino que las bajas ventas) les obligaron a recortar el espacio disponible. Y es que el mundo del cómic comparte una de sus miserias con la de las series de TV: si tiene exito, puede alargarse la historia lo que haga falta; pero si no se tiene, hay que acortarla para ir atando cabos lo mejor posible. Y a veces, ha de hacerse de forma tan apresurada, que el conjunto se resiente. Es en el tercer volumen donde se notan estas prisas por acabar: si en el primer y segundo tomo la historia se desarrolla pausadamente, poco a poco, en el tercero empiezan a aparecer los textos de apoyo para acelerar la narración y las diferentes etapas de la expedición de Juan de Olid van sucediéndose una tras otra sin apenas descanso. Y lo que es peor: a veces las prisas traen errores: si hasta este momento la historia fluía linealmente hacia adelante, en el sentido de que la expedición avanza a la par que nuestra lectura; por alguna razón los autores deciden introducir en la página 22 del tercer volúmen, cuando se llega al climax principal de la historia, un elemento nuevo, y lo hacen de forma tal, que producen confusión al lector, que no se da cuenta del nuevo entorno narrativo hasta varias páginas más tarde. Y es que de repente la historia pierde esa linealidad temporal para convertirse, sin razón aparente, en contada a la manera de flashbacks narrativos, para luego, unas páginas más adelante, volver a recuperar su linealidad original.

Uno se podría preguntar que cómo es que un cómic del cual apenas he dicho nada bueno, pueda referenciarlo aquí como "Cómics que me gustan", pero es que la historia tiene una fuerza tal que me atrajo desde un primer momento. De hecho, si el tercer volumen me lo compré justo antes de venir a Madrid, el libro en el cual está basado el cómic fue el primer y único préstamo que hasta ahora he hecho como lector usuario de las Bibliotecas Municipales de Madrid, apenas unos meses despues de dicha compra. No me acuerdo de la lectura del libro en detalles, pues de aquello han pasado ya 10 años, o de si el cómic le es fiel o no, pero lo que sí recuerdo es que en el cómic se perdían algunos matices que sí existían en el libro.

- La fuerza del amor dejado atrás y la esperanza de su recuperación como fuerza motora e impulsora vital. En un momento del viaje Juan de Olid ha de dejar a la persona que ama, con la promesa de volver a encontrarse. Esta promesa, y el recuerdo de su amor, le dan la fuerza que necesita para llevar a cabo la empresa que se le ha encomendado. Casi al final, cuando Juan realiza el camino de vuelta, descubre no sólo que ella le esperó durante un tiempo y que terminó casándose con otro iniciando una nueva vida, sino que poco tiempo despues de su marcha ella moría durante un parto. Juan se da cuenta de que en realidad, su amor fue un sueño con triste final: es un amor perdido no una vez, sino varias veces, lo que es aún más terrible. Como perdido fue tambien el tiempo que el pasó pensando en ella, y las cosas que dejo atrás con la esperanza de volver a tenerla.

- El discurrir del tiempo. La expedición se alarga demasiado en el tiempo y en el cómic no se es consciente de ello hasta bien entrado el tercer volumen, donde se nos habla, en un momento concreto, de que los expedicionarios han partido 17 años atrás. El lector es consciente de que el tiempo pasa, evidentemente, pero no hay elementos que ayuden a comprender la dimensión real de la aventura. Sobre todo porque a la vuelta, hay que comprender la verdadera y terrible realidad con la que se encuentra el protagonista: todo ha cambiado, nada es igual y a él, ya no le espera nada ni nadie. Y lo que es peor: a lo largo de los veintitantos años que dura su misión, ha dejado atrás infinitas posibilidades de ser feliz, innumerables paraísos perdidos que ya nunca recuperará; oportunidades que va perdiendo en pos de una misión que se le ha encomendado y que él llevará a su fin, hasta las últimas consecuencias.

- El deterioro físico y psicológico del protagonista. Aunque en el cómic vamos viendo este desgaste físico y cómo afectan el paso del tiempo y las terribles penalidades que sufre Juan de Olid, éste al final sigue teniendo un aspecto más o menos lozano. Sin embargo, en la novela se dan algunos párrafos que nos indican claramente esta transformación física de forma muy directa:

Y en estas ensoñaciones se me entraba la noche y arreciaba el frío y yo levantaba mis punidas carnes del suelo y quedaba sentado y miraba por mis manos llenas de pellejos y asperezas y cicatrices y mesaba mis barbas ásperas y ya grises y blancas y mi cabeza que se iba despoblando de cabellos y mi boca que se iba deshabitando de dientes. Y me palpaba los brazos y las piernas, menos fuertes que antes, y temía que el país de los negros fuera la tumba de mis sueños y el enterramiento de mi juventud, que ya lo estaba siendo. Y con esto, sin perder mis esperanzas, mas temeroso del incierto mañana, me ponía en pie y me iba volviendo despacio a donde las chozas estaban.


Y mascábamos malamente algunas yerbas y frutos y raíces que ya sabíamos distinguir. Y con las privaciones y quebrantos otra vez íbamos enflaqueciendo y perdiendo de nuestras carnes. Y en estos días anduve aquejado de un mal del que se me movieron los dientes que me quedaban, que eran pocos y podridos y enfermos, con lo que a los pocos días los acabé de perder.
Ese deterioro no sólo es aplicable a la persona del protagonista, sino al grupo en general, que compone la expedición: durante el viaje numerosas son las bajas producidas bien por las batallas en las que deben actúar como mercenarios para seguir con la misión inicial encomendada, bien por las penalidades del viaje en forma de hambre o enfermedades, e incluso también por la deserción de alguno de sus miembros. También habrá casos de miembros que dejan el grupo por voluntad propia y con la aceptación de su capitán al quedarse sin funciones dentro de la expedición. Tanto unos (desertores) como otros (bajas voluntarias), nos enteraremos después, han logrado la prosperidad que, tantas veces, Juan de Olid dejó pasar por delante de él, por culpa de su honor y de la palabra dada. De Castilla salió un gran grupo de hombres jóvenes, fuertes y valerosos, en olor de multitudes, rodeado de lujos y vítores, y vuelve, más de veinte años después, un hombre solo, mutilado y olvidado por todos.

La verdad es que la historia tiene una serie de elementos que provocan que cada vez que leo el cómic se me quede mal cuerpo: sobre todo porque el final es terrible y la soledad completa.

- Juan deja atrás su vida casi regalada siendo la persona de confianza y criado del Condestable de Castilla, para convertirse en un mutilado que se queda solo en un mundo que ya no es el suyo. Y todo por el capricho de un rey que le manda a buscar un cuerno de unicornio para curar su impotencia; rey que, además, muere poco tiempo después de la marcha de la expedición, lo que le otorga a toda la empresa un nuevo barniz de inutilidad y absurdez: la de batallas que libraron bajo el grito de "por Enrique, por Castilla". Esta forma que tiene el poderoso de jugar con la vida de sus vasallos es un tema que me pone especialmente de mala leche, y que es algo que también está presente en la película "Largo domingo de noviazgo" o en otros cómics como "Puta guerra" y "Guerra de trincheras", ambas obras de Tardi que tratan de la Primera Guerra Mundial (al igual que la peli de Jeunet). Imagino que los ejemplos son muchos, y aquí no es lugar de hacer un recorrido completo por ellos.

-  A uno le queda la idea de que siendo honrado y cumpliendo con lo prometido no se prospera en la vida. Y es que eso le pasa a Juan de Olid durante toda la historia. Muchos de los que se fueron quedando por el camino, fueron buscando y encontrando  la fortuna, desde grandes amigos suyos a sus mas temibles enemigos.

- La hazaña me recuerda a otras dos aventuras similares en donde se exploran territorios por descubrir, y de hecho tiene semejanzas con ambas. Una de ellas la conocen todos, el descubrimiento de América por Cristóbal Colón (de hecho en un momento dado Juan se cruza con el almirante). La otra historia con la que comparte elementos (Juan pasa por Tombuctú) es otra menos conocida y es la conquista en 1591 del gran imperio Songhay en Mali, cuya capital esta en Tombuctú precisamente, por parte de un ilustre paisano (de Fondo de Bikini) y antecesor mio, un morisco llamado Yuder Pachá, y cuya gran y espectacular gesta, desconocida por casi todos en España, debería pasar a la historia. Sobre este tema ya preparé algún post, porque la verdad es que es muy interesante: hay que tener en cuenta que fueron los primeros occidentales que cruzaron el Sahara con armas de fuego y, aún hoy, en aquellas lejanas tierras, hay descendientes nuestros que hablan una jerga parecida a la nuestra.

En fin, que fueron muchos los elementos de la historia que me resultaron muy interesantes y, años después de leer el libro y el cómic, en un viaje que realicé por motivos laborales a Barcelona, encontré en una librería de segunda mano el libro, que es la edición que siempre he visto de la novela, y me hice con ella. No es un libro relativamente difícil de encontrar, pero tengo la impresión de que cuando ganó el Premio Planeta, éste no tenía la repercusión que tiene hoy día, o por lo menos la novela pasó algo más desapercibida que otras que han recibido dicho galardón. Yo desde luego recomiendo su lectura.
El recorrido completo de la expedición que busca el unicornio según una ilustración del cómic

miércoles, 28 de julio de 2010

Lo que está pasando en la F1 este año

Atención, voy a expresar mi punto de vista sobre lo que está pasando este año en la Fórmula 1:



Y hasta aquí mi opinión.

Muchas gracias.

lunes, 5 de julio de 2010

Fórmulas calamardas

Pues eso, nueva sección dedicada al automovilismo, que es mi otra pasión después de los cómics

lunes, 28 de junio de 2010

Mis autores favoritos (yII): Juan Giménez, Fernando de Felipe y el Imperio Romano de Toutain

Los cómics que yo descubrí aquella tarde en la mesa del salón de aquel piso, que alguien hoy llamaría "piso-patera", pero que para nosotros era una forma de subsistir como cualquier otra, crearon en mí el mismo efecto que debe sentir cualquier arqueólogo al descubrir, mientras escarba en el suelo, un mosaico romano, con todo lo que eso conlleva: si aquí, en mitad del campo hay un mosaico, significa que si sigo quitando tierra y buscando por los alrededores, encontraré más maravillas ya que aquello sólo podía ser la punta del iceberg.

Los cómics que encontré en realidad me estaban enseñando lo que yo me perdí desde que dejé de ir a la Biblioteca Municipal de Fondo de Bikini y pasé de EGB a BUP y que en definitiva, me mostraban el mismo proceso vital que yo había seguido desde entonces: al igual que yo, el cómic se había hecho un poco más mayor. Pero por diversos motivos yo me perdí aquella evolución y ahora se me estaba mostrando ante mí en una pequeña muestra. No es que los cómics de Blueberry, Iznogoud, etc. que yo leía hubieran quedado anticuados, ni nada de eso, no. Lo que ocurría es que había otra forma de hacer y de leer cómics, y yo lo acababa de descubrir. Así pues, al igual que el arqueólogo que se ha encontrado el mosaico romano decide que va a seguir buscando por la zona más restos importantes, que seguro que más pronto que tarde saldrán a flote, yo decidí seguir escarbando para ver qué me encontraba.

Y me encontré con un mundo que yo no conocía. Resulta que desde finales de la década de los 70 hasta principios de los 90, existió una editorial que participó activamente en el llamado "Boom" del cómic en España (como quedó demostrado, no fue sino una burbuja que explotó, y lo hizo a lo grande, a comienzos de la década de 1990). Fueron años de gran productividad y de relativo gran éxito que produjeron que el cómic fuera un producto habitual de los kioscos. Todo este proceso se basó en un modelo de edición clásico, que hoy día ya no existe ni tiene sentido: el elemento principal, y sobre el que gira todo, es una publicación periódica en forma de revista con producción propia y/o ajena, con periodicidad normalmente mensual, en donde se van publicando series por entregas y que luego son recopiladas en álbumes individuales las que han tenido más éxito y repercusión. En realidad esta forma de publicación no presentaba nada nuevo, de hecho las grandes colecciones clásicas del cómic europeo que yo ya conocía, desde Astérix a Blueberry, pasando por Tintín, seguían este mismo modelo, aunque yo no lo sabía, claro, ya que a mi me llegaron siempre en forma de álbum.

Pero ¿qué pasó con el Imperio Romano? Como cualquier otra gran civilización antigua, supuso un enorme salto cualitativo en lo relativo al arte, y fueron grandes precursores en cuanto a técnicas arquitectónicas se refiere. Una vez que el Imperio Romano cayó, también desapareció su forma de entender el arte y de hacerlo. Hubo entonces un gran vacio. Pasaron un buen montón de años, de siglos, hasta que se volvió a alcanzar de nuevo un nivel similar en cuanto a la calidad en la ejecución de las obras de arte. Pues bien, eso fue lo que pasó a comienzos de la década de los 90 cuando la burbuja del cómic explotó en España: sólo quedaron los recuerdos y las ruinas de algo que en su día gozó de gran esplendor. Una nueva civilización debia de volver a construirse desde cero, pero aún no se sabía cuánto tiempo debía de pasar para llegar de nuevo a aquellas cotas de perfección.

En el mundo del cómic pasó algo parecido: toda la creatividad y productividad desaparecieron casi por completo. Los grandes autores, los que consiguieron sobrevivir, siguieron trabajando para el mercado extranjero. Luego sus obras volvían a España a través de la compra de esos derechos por parte de las editoriales nacionales que quedaban, ya que salía más barato este sistema que hacer el encargo de un álbum a un autor en concreto. De hecho, este sistema sigue vigente todavía: los autores nacionales trabajan casi al 100% para el mercado franco-belga e italiano, principalmente.

El bajón productivo, y creativo, de comienzos de la década de los 90 fue impresionante. De hecho, no fue hasta hace bien poco que podría decirse que ha habido cierta recuperación (en mi opinión, claro), pero que habría que buscarla más en los esfuerzos personales e individuales de ciertos autores, mas que como síntoma de recuperación del medio (y que creo sinceramente que ese nivel de los 80 no se recuperará jamás).

Así pues, las ruinas que dejó el boom del cómic en España, no fueron en forma de viejos muros de piedra, claro, sino que los restos de aquélla época son los álbumes que, aún hoy día, es posible encontrar en tiendas de saldo y de segunda mano; auténticas joyas que nos hablan de que hubo un tiempo donde la creatividad campaba a sus anchas. Son los álbumes de la Editorial Toutain.

Parte de los cómics que descubrí en la mesa de aquél piso eran de esta editorial y uno de ellos era de un dibujante llamado Fernando de Felipe, con un tal Oscar Aibar en los guiones, de los cuales evidentemente no sabía nada, excepto aquel álbum que tenían en mis manos titulado ADN y que estaba lleno de viñetas y de imágenes incómodas e inquietantes, que a pocos dejan indiferente. De Felipe, con un estilo gráfico directo e impactante, era capaz de crear un mundo de naturaleza onírica, propio de la peor pesadilla. El álbum estaba constituido por varias historias cortas, autoconclusivas, siguiendo el formato de la época, de 8 páginas, donde se trataban temas relacionados con la manipulación genética, los experimentos descontrolados y las repercusiones que puede tener dejar en manos de descerebrados este tipo de actividades. Especialmente sobrecogedora es la historia número 9, donde la última viñeta es un auténtico resumen, creo yo, de las obsesiones y los temas recurrentes de De Felipe en toda su obra.

El álbum contenía tanto historias en color como en blanco y negro, y aunque en blanco y negro el dibujo de De Felipe no perdía fuerza, es con la aplicación del color, tan particular y propia del autor, cuando su grafismo alcanza unos niveles y una fuerza díficiles de superar. Después de este primer puñetazo, que fue lo que supuso realmente para mi "ADN", fui en busca del resto de la obra de este autor, y poco a poco conseguí hacerme con todos sus títulos, cada cual más increible. Yo sigo pensando que su mejor álbum es "Museum", donde hace un repaso de las obsesiones y depravaciones que puede acarrear el coleccionismo compulsivo llevado hasta al límite. La verdad es que toda la obra de De Felipe tiene un nivel altísimo de calidad y poco a poco fui consiguiendo el resto de sus cómics publicados:

  • Nacido Salvaje: donde ofrece su particular visión de la guerra de Vietnam.
  • S.O.U.L.: para mi el más flojo de sus títulos.
  • Marketing & Utopía. Made in Usa: que refleja las miserias de la sociedad norteamericana más oculta.
  • El hombre que ríe: la adaptación libre de la obra de Victor Hugo.
  • Museum.
  • Black & Decker. Es una serie, que se ha quedado inconclusa, y de la cual se publicaron dos títulos: "Rio de fuego" y "Yellow Moon".
  • También en su haber se encuentra una pequeña historia en el álbum Pop español y varias ilustraciones como portadas para libros y ese tipo de cosas.
Desgraciadamente, Fernando de Felipe no sólo abandonó el mundo del cómic, sino que parece ser que incluso reniega de él. Imagino que salio bastante escaldado de la experiencia, porque si no, no me explico como uno de los grandes autores de cómic españoles dio la espantada como respuesta. Y es que, degraciadamente, por lo que conozco, tengo la impresión de que el mundillo del cómic en España deja bastante que desear y, a
poco que lo conoces, te das cuenta de la miseria (no sólo económica) que le rodea. Es una pena, pero es así. Creo que ahora se dedica a impartir clases de cine o algo así en la Universidad de Bellaterra, en Barcelona, y a escribir ocasionalmente algún guión para cine y escribir tambien libros sobre esta materia. Durante mucho tiempo tuve la esperanza de que volviera a hacer cómics, donde sin duda se le recibiría con los brazos abiertos, pero dudo mucho, por lo que he leído por ahí, que él tenga muchas ganas de hacerlo.

Realmente, una gran parte de culpa de mi afición actual por los cómics se la debo a De Felipe, y con su marcha del medio, tambien se fue, en cierta medida, una parte de mi afición. En los años de creación de mi colección actual, la investiga´ción y localización de alguna de sus obras era como el proceso que sigue un arqueólogo que descubría el mosaico del que hablabamos al principio; y recuerdo perfectamente un día de 1997 cuando me enteré de que había publicado un nuevo álbum (que luego se convertiría, con el tiempo, en el último) y me lo compré inmediatamente, porque cada nuevo álbum encontrado suyo despertaba en mí el mismo interés y emoción que en su día me hacía sentir una nueva película de Steven Spielberg. Cuando Spielberg, era Spielberg, quiero decir, y cuando uno se dedica a descubrir cosas nuevas que le tocan ciertas fibras que le despiertan el alma y que le marcan para siempre; cuando miras al mundo con los ojos bien abiertos, sorprendiéndote con cada cosa e intentando no perderte nada, en definitiva.

Poco a poco me hice con toda la obra de De Felipe y especialmente traumático fue el caso de uno de sus títulos cuya adquisición para mí se convirtió en algo casi obsesivo: El hombre que ríe. Durante varios años estuve buscándolo por librerías de segunda mano y de ofertas, y hubo una epoca donde, si lo hubiera encontrado o alguien me lo hubiera vendido, habría pagado... yo que sé, lo que me pidieran. Este título se había convertido en mi particular Santo Grial. El caso es que en 1999, la editorial Glénat publicaba una nueva edición de este álbum, y aquello fue la noticia del año. Sin embargo, aunque esta nueva edición era más que digna, la de Toutain seguía teniendo para mí ciertos matices míticos: se hablaba de una paginación diseñada por el propio autor que en la edición de Glénat desaparecía, o de un libro de bocetos con las pruebas del autor para hacer el álbum. Era una edición de lujo para la época, publicado incluso en rústica, algo poco habitual para los cómics editados por Toutain. Yo quería aquello también para mi colección.

Y llegamos así al año 2006, donde me invitan a asistir a una reunión de bibliotecarios aficionados al cómic que se iba a celebrar en el marco del Salón del cómic de Barcelona. Y mientras espero a que sea la hora, me doy una vuelta por los stands y descubro, en uno de ellos, una pila de álbumes, unos puestos encima de otros, sin orden ni concierto: "El hombre que ríe" edición de Toutain, con su plástico protector inicial con el que fue vendido diez años atrás, y con el pequeño libro de bocetos dentro. Había por lo menos 20 volúmenes, 30, 40... yo que sé los que había, casi todos ellos en perfecto estado, aunque había algunos que la humedad les había atacado sin posibilidad de arreglo. Simplemente me puse nervioso de ver aquello y pensé "¿dónde habíais estado hasta ahora?".... El caso es que lo segundo que pensé fue "¿hasta cuánto estoy dispuesto a pagar para llevarme uno en buen estado?"... no hizo falta esperar mucho para encontrar una respueta: entre aquellos volúmenes encontre un pequeño papel, con un color chillón, que ponia el precio de cada uno de aquellos santos griales amontonados en el suelo: unos miserables 4 euros.

No se si fue que la búsqueda duró más años de los que eran necesarios; o si simplemente fue por dar por terminada esta persecución que duró 14 años; o porque la edición de Glénat que compré unos años atrás le quitó cierta magia al asunto; o si fue por ver todos aquellos volúmenes amontonados sin orden ni concierto en el suelo, con un precio tan rebajado, que incluso le hacía rebajarse como objeto de culto... El caso es que una vez que pagué por el ejemplar que yo mismo elegí, el placer por su adquisición no fue el esperado. Suele ocurrir cuando obtienes algo largamente buscado, imagino. Supongo que también tiene algo que ver que lo que tú has adorado como un auténtico tesoro durante años, te lo encuentres casi tirado en el suelo, amontonado y lleno de polvo. La verdad es que en definitiva, fue una visión un poco triste.

Ahora ese ejemplar ocupa un lugar cualquiera en mi colección, y he de decir que ahora mismo no sabría decir dónde se encuentra el libro de bocetos, aunque lo tengo en casa, seguro, pero no sé dónde. Yo sigo descubriendo pequeñas ruinas de aquella época pasada; siguen saliendo pequeñas muestras de un esplendor pasado de Toutain que ya no volverá. Sólo es cuestión de pasarse por tiendas de saldos para conseguir pequeños trozos del pasado que seguirán alimentando mi colección, ubicada ahora en las nuevas estanterias Ikea de color Wengue que, inexplicablemente, nunca cogen polvo ;-).

martes, 22 de junio de 2010

Mis recetas favoritas: sopa

Al contrario de lo que le ocurre a Mafalda, a Calamardita le encanta la sopa. Prefiere mil veces un buen plato de sopa que uno de patatas fritas, por ejemplo. Esto me lleva a cocinar cantidades ingentes de sopa de forma periódica, para así poder ir congelándolas en raciones individuales e ir utilizándolas poco a poco según vaya necesitando. Da igual que estemos a 3 grados bajo cero que cercanos a los 40; cuando Calamardita quiere sopa suena el zafarrancho de combate y hay que tener siempre preparada una ración. Mi costumbre, como digo, es congelar el caldo en raciones individuales con el pollo ya troceado y deshuesado. De esta forma, sólo tengo que descongelarlo, calentarlo y echarle fideos, letras o estrellas, dependiendo de la decisión de Calamardita. Bueno, a veces le cuelo estrellas por letras, pero como todavía no termina de distinguirlas bien, pues el truqui me vale, pero claro, este pequeño engaño tiene fecha de caducidad, evidentemente.

Una de las cosas buenas de Calamardita (aparte de parecerse cada vez más a Calamarda) es que tiene una memoria prodigiosa y si hace tres días te dijo que hoy quería sopa, debes apañártelas como sea, porque ten por seguro que ese día habrá que cenar sopa si no quieres tener un drama en casa. Esta previsión alimentaria me favorece el trabajo, ya que si veo que en el congelador no queda ninguna ración, siempre hay tiempo de ir a comprar los ingredientes necesarios. Y por supuesto tengo una máxima que debo cumplir siempre: los calditos concentrados que venden en forma de cubitos hipercalóricos e hipersalados que se los meta el que los ha hecho por donde le quepa: en mi cocina hace años que no entran ese tipo de venenos prefabricados hechos con sobras que te venden como si fueran productos gourmet. Además, antes compraba la verdura en esos bandejas preparadas que ya vienen envasados en los supermercados y grandes superficies, pero me he dado cuenta de que no hay punto de comparación con la calidad que obtienes si los compras de forma separada en una buena frutería, así que eso es lo que hago. En cuanto al pollo, también hace tiempo que dejé de comprar esas bandejas en supermercados, ya que la calidad que te ofrece una buena pollería, supera, con mucho, la de estos lugares.

Así pues, los ingredientes para hacer una rica sopa calamarda son los siguientes (el que quiera cantidades exactas, ya sabe que existe una web del Canal Cocina que es la repera y esta mucho mejor diseñada que este blog). Antes de que se me olvide: este caldo que yo utilizo para sopa, es perfectamente válido, como veremos cuando corresponda, para hacer croquetas o como base para el caldo a añadir a un buen arroz en paella. Necesitamos, pues, lo siguiente:

- Varias zanahorias.
- La mitad de un repollo de tamaño normal.
- Apio (el de la foto esta un poco pocho, pero al frutero no le quedaba otro y había que apañarse con lo que había).
- Un buen nabo (con perdón).
- Un par de puerros.
- Un buen trozo de tocino.
- Una jugosa pechuga de pollo.
- Unos muslos de pollo.
- Una carcasa de pollo. Últimamente he descubierto que añadir esta carcasa le da un sabor extraordinario a la sopa, y por supuesto, la compro siempre en la pollería de confianza, jamás la compro en un supermercado, no vayamos a liarla. Yo no le echo aceite, ya que con el pollo, y sobre todo el tocino, se aporta la cantidad suficiente de grasa.

Como puede comprobarse, uno de los grandes secretos de la receta está en juntar un buen nabo con una jugosa pechuga, porque de esa combinación maravillosa surgen siempre, como no podía suceder de otra manera, grandes caldos.

El siguiente paso es poner en una buena olla donde quepa todo eso, un montón de agua y sal, que pondremos a hervir a fuego vivo mientras vamos pelando toda la verdura. Hay que tener en cuenta que la verdura crece en la tierra (¡puagh!) y habrá de pelarse bien, tanto el nabo como el resto de verduras, y enjuagarla covenientemente con agua del grifo, para quitar posibles restos indeseados, sobre todo teniendo cuidadín con los plieges del repollo, los puerros y el apio.  Ésta de pelar las verduras es la parte mas coñazo de la receta, y por esa razón ha venido a echar una mano Bob Esponja (hale, ya tengo más visitas del Google) que además se huele que esta noche va a cenar a base de bien.
No hay nada mejor que una reunión de grandes amigos, alrededor de una buena cerveza mientras se hace la comida

En cuanto al pollo, pues yo lo pongo sin piel, por lo que le digo al pollero que me limpie los muslos (del pollo, no vayamos ahora con tonterías). Luego ya reviso yo en casa la carcasa, y la pechuga como te la da ya limpia, pues nada, a la olla.

Así que una vez que está el agua caliente, y la verdura y el pollo limpio cada uno por su lado, echamos en la olla ya caliente toda la verdura y el trozo de tocino. Lo que yo hago es llevar todo eso a ebullición, y cuando está ya bien caliente el agua, pues le pongo el pollo. Bajo el fuego a la mitad, para que ¡chup chup! se vaya haciendo poco a poco y se vayan juntando los sabores y las sustancias que cada ingrediente aporta. De vez en cuando vamos desespumando los posibles restos que van subiendo a la superficie, para obtener un caldo lo más limpio posible. Después de dos horas de cocción tenemos ya prácticemente hecha la sopa, y los sabores, sustancias, vitaminas y todo lo que pueda aportar cada uno de los ingredientes por separado, se han juntado en una maravillosa preparación de potente sabor. Como a mí me gusta que el caldo resultante tenga un color blanco intenso, he descubierto que la última media hora de cocción bajo el fuego al mínimo tapando la olla, y en el último momento, durante 10 minutos le arreo fuego a toda pastilla y logro, no sé por qué razón, el color deseado. Yo creo que tiene que ver con la grasa que aporta el tocino y el pollo, ya que ese último golpe de calor intenso probablemente provoque su disolución completa y su integración con el agua. Yo que sé.

El caso es que una vez que está la sopa terminada, lo que hago es colar el caldo para que quede limpio. Separo las verduras del pollo, el cual deshueso y desmenuzo para ir distribuyéndolo poco a poco en las raciones individuales, que irán directas al congelador, con la fecha de envasado, una vez que se haya enfriado. En cuanto a la verdura resultante, el repollo y las zanahorias pueden aprovecharse para una buena cena, regado con buen aceite de oliva extra virgen, y aliñados con sal y un poquito de pimentón (al gusto), que recién me acaba de traer un gran amigo desde la Comarca de la Vera, en Extremadura: ¡gracias por leer el blog y por acordaros de mí durante el viaje!, siempre es un placer quedar con vosotros.

En las noches frías de Madrid, un buen plato de esta sopa hace que se repongan fuerzas y se alimente el alma, aportando la fuerza necesaria para levantarse al día siguiente y seguir adelante, en estos tiempos complicados que nos ha tocado vivir.

Amén, y que aproveche.

lunes, 7 de junio de 2010

Mis autores favoritos (I): Juan Giménez, Fernando de Felipe y el Imperio Romano de Toutain

El descubrimiento de las primeras ruinas de una civilización perdida
En 1993 yo compartía piso con otros amigos estudiantes universitarios en un piso de Granada, después de dejar Fondo de Bikini y salir de debajo de las faldas de la Sra. Tentáculos. Por aquella época yo ya era aficionado a los cómics, aunque mi perspectiva de este mundo cambió cuando un día vine de la facultad, harto de escuchar majaderías sin sentido, y me encontré aquellos volúmenes encima de la mesa del salón.

Siempre he sido un gran lector de cómics, desde niño, cuando aprovechaba las tardes libres que me dejaban mis tareas del colegio para ir a una pequeña habitación que, en aquellos tiempos de principios de la década de los 80, alguien llamaba de forma generosa "Biblioteca Municipal de Fondo de Bikini". Mis lecturas se basaban en Tintín (en aquellas ediciones en las que el lomo venía cosido en tela y hoy cuestan un fortunón) y Astérix, ya que era lo que había disponible; y fue allí, en aquella habitación oscura que olía a cerrado donde nació mi afición por los cómics. No tengo recuerdos de cuándo fui por primera vez a esa biblioteca, ni tampoco me acuerdo de por qué yo empecé a leer cómics allí, ni tampoco consigo tener recuerdo alguno de quién me dijo que existía algo así como un sitio lleno de libros y cómics donde uno podía ir a leer gratis lo que quisiera. Simplemente me acuerdo de que por las tardes yo iba a leer cómics allí, sólo cómics.

Además, tuve la enorme fortuna de que el mejor MAESTRO que uno haya podido encontrarse en su vida se cruzara en mi camino: D. Manuel Motos. Mi profesor de Ciencias sociales e Historia durante 6º, 7º y 8º de la antigua EGB. Este profesor montó en su aula la mejor biblioteca de cómics que uno pudiera desear en aquel momento: había colecciones (incompletas todas ellas, eso sí) de Astérix, Tintín, Blueberry, Iznogoud, Lucky Lucke, Valerian, Mac Coy... lo mejor del cómic francobelga en las históricas colecciones de Grijalbo en cartoné. Con 11 o 12 años, ya pude leer obras de Carlos Giménez como "Paracuellos. Auxilio Social" y recuerdo perfectamente la sensación de intranquilidad que me provocaban aquellos niños de ojos grandes y apariencia tristísima... ¿Quién me iba a decir que muchos años después conocería y me tomaría un café en casa de la persona que los dibujó? Por otra parte, había la posibilidad de poder llevarse a casa estas obras mediante préstamo, por lo que todo eran facilidades para la lectura. Se puede decir que tanto la "Biblioteca Municipal de Fondo de Bikini" como la biblioteca escolar que montó D. Manuel Motos, me influenciaron 100% no sólo en mi formación como lector, especialmente como lector de cómics, sino también que marcaron, para bien o para mal, mi formación académica y profesional.

Además de estas lecturas, como buenamente podía la Sra. Tentáculos en casa, porque los cómics siempre han sido caros, por lo menos desde que yo los conozco; la Sra. Tentáculos, como digo, siempre que podía llevaba a casa de vez en cuando algún que otro Mortadelo en aquellos días de cama y manta por culpa de las enfermades que los niños suelen tener cuando son pequeños. Como cualquier hijo de vecino, ante cualquier enfermedad que requiriera los cuidados de una madre atenta, uno debía quedarse en casa reposando la fiebre de los resfriados y los dolores de barriga o de oído, y esos momentos eran más llevaderos con un Mortadelo en la mano, y con las atenciones de una madre preocupada y siempre al quite ante cualquier problema, con respuesta para todo.
En mi última época como estudiante de EGB, recuerdo que llegó a la biblioteca escolar una remesa de cómics que ya me pusieron sobrealerta de que había algo más que yo no conocía: de repente aparecieron en el aula un montón de cajas llenas de "Comix Internacional", "Zona 84", "1984"... y recuerdo que me quedé totalmente pasmado de lo que aquel tipo de cómic me estaba ofreciendo (además de porque salían mujeres en pelotas, ¡glups!), y me quedé especialmente fascinado por la forma de dibujar aviones de un autor que, por aquel entonces, para mí no tenía nombre; sólo un "Giménez" aparecía escrito en algunas viñetas. Y entonces hice algo que no debía: en una de esas revistas me encontré con una historia de 8 páginas, titulada "Entropía", con unos dibujos increibles. Trataba de aviones de la Segunda Guerra Mundial, que eran atacados por cazas alemanes y de repente aparecen naves espaciales, y donde antes había aviones, ahora hay naves, y donde antes aparecían naves, ahora había bombarderos. Yo no entendía nada (de hecho no entendía ni lo que significaba el título de esa historia), pero aquellos dibujos me estaban diciendo algo, aunque todavía no sabía qué. Así que tomé la decisión de que aquellas hojas debían ser mías; cogí unas tijeras, las recorté, las metí cuidadosamente en un cuaderno y me las llevé a casa. Durante años y años yo miraba y remiraba aquellas páginas robadas e intentaba averiguar a qué cómic pertenecían (ojo, que en milnovecientosochentaytantos no existía internet, ¿vale?). Casi 30 años después aún conservo aquellos recortes, guardados con cuidado entre las páginas del álbum al que pertenecen realmente, un álbum que compre, 20 años después, y firmado por el propio autor: "Cuestión de tiempo".

Una vez que terminé la EGB e inicié mis estudios de Bachillerato mi afición quedó en un estado de hibernación, un prolongado letargo que duró varios años en los que apenas leía algún que otro Mortadelo que seguía cayendo en mis manos ya que, por cuestiones de deberes de estudio, dejé de ir a la Biblioteca Municipal, y la biblioteca del centro donde estaba estudiando era prácticamente inexistente. Por otro lado, Fondo de Bikini no es que sea el lugar ideal donde comprar cómics. En la "Librería nueva", que es como conocíamos a la papelería-librería que había cerca de casa, de vez en cuando aparecía algo, imagino que como consecuencia de algún saldo o descatalogación de algún distribuidor, más que como signo claro de que se pudiera crear alguna que otra sinergia que permitiera la adquisición de cómics de forma más o menos normalizada. Con el paso del tiempo, y conforme mi colección iba creciendo, alguna que otra vez la Sra. Tentáculos me dice a grito pelado que a ver qué hace con tantos cómics, que en la casa de Fondo de Bikini no hay sitio y que tengo más que en todas las librerías del pueblo juntas, algo que nunca jamás he dudado que no fuera cierto, realmente.

Y así llegamos a aquella tarde en Granada en la que descubrí, encima de la mesa del salón, en aquel piso con piscina que sólo podíamos pagar porque éramos 7 estudiantes compartiendo piso, cada uno de su madre y de su padre, excepto yo y mi hermano, que dice la Sra. Tentáculos que compartimos padre y madre, y otros dos amigos hermanos que compartían madre y padre entre ellos (y que con el tiempo se convertirían en mi familia política -aunque yo aún no podía saberlo-); descubrí, insisto, varios ejemplares de un manga llamado "Akira", un cómic titulado "ADN", de un tal Fernando de Felipe y otro llamado "Basura" de un tío que firmaba como "Giménez" en algunas viñetas, y que respondía al nombre de Juan Giménez.